La noche con
la muerte, poesía.
Aquella noche no estaba totalmente consciente, pero vi la muerte y le hable de poesía.
No sé sinceramente por dónde empezar por que un sentimiento
de confusión me lo impide, más aun cuando ya sólo eso está en mi cabeza. Me
siento horrible al pensar en esa noche, pero por el placer culposo de haberla
vivido, la muerte me dijo que yo era chévere. ¿Ahora ya no me va a volver a
matar?
Toda la noche comenzó cuando desperté, eran aun las 9 de la
mañana y yo sentía la marihuana del día anterior recorriendo en sus últimas,
las neuronas que aun no había inhibido. Recuerdo haberme parado de la cama con
el pensamiento perdido, tal vez algo pasaba por mi cabeza pero la preocupación
era tan minúscula que lo único que resultaba importante era que había
sobrevivido a la noche anterior, y hablo de sobrevivir a mis propios demonios,
a las voces que me llevaron a lo que ya no deja de rondar mi cabeza, lo que soy
yo.
Cada fin de semana descubro y aplico una manera diferente de
despertar mis demonios, los que opacan las pocas virtudes que a mi corta edad
poseo, pero que me dan una facultad social increíble y tal vez la consecuencia
fue hacerme amigo de la muerte. Cuando llegamos al lugar de encuentro solo iba
con mis amigos y mis demonios seguían encadenados a mi moral a mi pena social,
porque cuando estoy sobrio, soy tímido, me tengo paciencia y a la gente. Me
había encontrado con una amiga antes de haber empezado la noche en cuestión,
fue triste tal encuentro, su madre tiene cáncer y yo pues no sé que decir al
respecto, solo intentar mantener la esperanza del corazón despierta con algún
buen cumplido, una frase alentadora.
Estando allí con
ella uno de mis amigos se me acerco, me
dio un montón de billetes. Era lo que había logrado obtener del resto de
personas reunidas en el lugar, y básicamente me envió a comprar todo lo que
pudiera. Sí, yo soy el amigo que sabe donde conseguirlo mejor y más barato,
como con todo, incluso con el amor, aunque no de esa clase de amor, del amor
bueno, pero barato. Solo había salido para despejar mi mente, olvidarme de la
vida que llevo de lunes a jueves, porque el viernes empiezo a ser yo otra vez,
empiezo a dejarme llenar por los vanos pecados capitales que tanto disfruto
cometer, aunque siendo francos ese no es el caso, yo no soy el caso.
La muerte había entrado ya varias veces en mi vida, mi abuela
paterna y mi abuelo materno tuvieron la oportunidad de darle un beso a la
muerte, de estrechar su mano, de ver su rostro... bueno si es que tiene uno. La
realidad es que ya me había hecho llorar a mí y otro montón de seres humanos
que a diario sentían el piquete de la muerte como la mordedura de una
serpiente, sutil pero bien doloroso, así como cuando nadie le avisa a uno
cuando va a llover, así mismo la muerte sólo cae y cuando menos lo esperamos se
va y sale sol. Creen ustedes que yo hubiera consentido ser amigo de la muerte
estando sobrio? Porque si verdaderamente creen eso, entonces jamás han bebido
whiskey barato, la muerte es más que una amiga es una poeta y les voy a
explicar por qué; No es simple cuestión de matar, es más que eso… se trata
justamente de poetizar la muerte de alguien, de volverla un eterno infierno
para ellos, pero un recuerdo absoluto de quien sí está vivo, de hacer que la
vida sea más que un simple paso por un lugar de quién ni tienen idea que lo
creo, pero la cuestión de ustedes los
humanos es que creen que vienen a recorrer un camino de felicidad que van a
terminar al lado de un Dios que está ocupado jugando al póker. Sí la muerte les
confesara eso, entonces la muerte sería normal. Yo nunca imagine poder empezar
una conversación con ella, mucho menos conocerla.
Sin más rodeos, ya iban unas 20 copas del mejor vodka
combinado con el peor tequila, seguía de píe pero ya todas me parecían bonitas,
hablo de las mujeres por supuesto, sobretodo una, la del cabello corto. Esa
señorita con ojos verdes cristal, como unos rubíes muy caros que nadie se
atrevió nunca a comprar, hasta que yo me las di de perspicaz. Tenía un hermoso
vestido corto de flores, combinado con unas botas cafés y un toque sutil de
polvo y rubor para no verse tan pálida, pues a pesar de su tez clara, ella
tenía cierto contraste que hacía que esas luces amarillas de parque reflejaran
sobre ella como el mejor de los reflectores, yo sólo me resumí a admirarla al
principio a mirarla detalladamente, hasta que mi amiga que estaba a mi lado me
dijo: “La miras muy apasionado, te reto a que no te le acercas” Que hizo, que
hizo. Pues acepte el reto y fui, le pregunte por que estaba tan sola y en que
tenía perdida su mirada, paso un momento antes de que hubiera respondido, pero
tuve éxito porque sonrió. Yo estaba ebrio pero de todas formas apasionado. Ella
me contesto que sólo estaba pensativa, con su voz apropósito ciertamente rara,
no parecía una chica citadina, era rara pero no molesta, todo lo contrario, me
hacía querer hablar. Yo le dije que la notaba triste, pero que yo ahogaba mis
tristezas en la poesía, honestamente no sabía que le estaba inventando, aunque
un borracho jamás dice mentiras, o bueno a veces dice la verdad. Poesía, ese
fue el problema, porque resulto poeta y fue conmovedor para ser sincero, pues
aparentemente al ver que podía desvelar ese lado intimo sus ojos brillaron como
los de un niño, pero un niño que acaba de darse cuenta que el mundo va más allá
de lo que imagina, que el mundo es un simple punto en un universo lleno de
secretos, de misterios como el de ella. Al principio no dijo llamarse muerte,
sino Paulina. Un lindo nombre, y seguramente eso le dije. El caso es que la poesía
fluyo hablamos mucho al respecto, no lo menciono porque no lo recuerdo, el
alcohol impide las neuronas, pero les voy a contar los lapsos de acuerdo a como
yo los saque de esas lagunas, los enumerare.
1. La conocí
2. Le hable de poesía
3. Le presente mi amiga poeta
4. Me contaba sobre su triste y opaca vida
5. vivía a 5 cuadras de mi casa
6. La acompañe hasta allí (me ofrecí caballerosa y
ebriamente)
7. Nos acostamos a ver las estrellas
8. Vomite sin cesar
9. La bese
10. La lleve a su casa.
La pregunta es, cómo supe que era la muerte, fácil al otro
día desperté y tenía un poema en el bolsillo,
escrito por una mano que aparentemente temblaba, en un papel morado y
sellado con fuego de alguna manera. Tenía una apariencia fantasmagórica, y al
final con sangre estaba firmado en minúscula “muerte”
Decía así:
Poeta
La noche te trajo, yo no lo impedí
Supe que no era tu momento
Era el mío.
En los ojos del fuego, vi el frío de tus palabras,
pero cuando me hablabas
La poesía era cálida.
No soy quién crees,
ni tú quién yo
quisiera,
pero eres quien marco.
No mi vida, porque ya expiro,
sino las letras de esta carta,
que ya no es carta.
Pues en mis manos murió,
para ser poesía.
-muerte.
Bese a la muerte y no lo sabía, estaba borracho. La muerte me
escribió un poema y no fue necesario ir a dos lugares, solo hablar de poesía,
que es la única y verdadera muerte de todo.